De buscar protección afuera, a encontrarme a mí misma
Durante muchos años pensé que algunas historias de amor llegaban para quedarse para siempre. Hoy sé que algunas llegan para mostrarnos lo que necesitamos sanar.
Una comida que nunca olvidé
Mi historia comenzó en una etapa muy difícil de mi vida. Después de mi separación, yo era una mujer dedicada al hogar, con pocos recursos económicos y con la responsabilidad de sacar adelante a mis tres hijos. Necesitaba un abogado para mi proceso de divorcio y, al no contar con los recursos para contratar uno, recurrí a una persona que conocía desde niña.
Era un hombre con una posición de poder e influencia en mi comunidad, con reconocimiento y una estabilidad económica muy diferente a la mía. Nos conocíamos desde niños; incluso desde la adolescencia había existido cierta atracción entre nosotros, aunque nunca habíamos tenido una relación.
Me acompañó durante mi proceso legal y, gracias a su apoyo, pude conservar la custodia de mis hijos. Cuando quise pagarle, me dijo que no quería cobrarme — que solamente lo invitara a comer.
Yo no tenía dinero. Trabajaba con mi papá, vendía zapatos por catálogo, y tuve que usar parte de mis ahorros para aquella comida. Ni siquiera tenía ropa para ponerme — mi hija me prestó un vestido y me dijo: "Mamá, con este te ves bonita."
Llegamos a uno de los restaurantes más elegantes de mi ciudad. Por dentro pensaba: "Dios mío… ¿cómo voy a pagar esto?" Cuando pedí la cuenta, él me dijo: "Tú no vas a pagar. Una mujer nunca debe pagar una cuenta." Y pagó todo.
Al salir, había una señora vendiendo flores. Él compró varios ramos y me los entregó diciendo: "Un ramo de flores para una mujer hermosa."
No fueron solamente las flores. Fue lo que significaron para mí.
Después de tantos malos tratos, de sentirme vulnerable, aquel hombre me hizo sentir cuidada, protegida, importante y especial. Aquella noche sentí una enorme gratitud. Yo no sabía que esa sensación de protección se convertiría en una de las claves para comprender mi historia, muchos años después.
Me sentí protegida
Comenzamos a salir y, poco a poco, nuestra relación se convirtió en algo muy importante para mí. Me sentía protegida. Era un hombre con características que para mí representaban seguridad: poder, reconocimiento, estabilidad económica, una personalidad fuerte.
Pero al mismo tiempo, yo estaba construyendo mi propia vida. Mi papá me dio la oportunidad de trabajar en la Secretaría de Educación Pública, y para conservar y proteger mi trabajo — y el sustento de mis hijos — concluí mis estudios profesionales y obtuve mi título como Contadora Pública. Mientras atravesaba momentos personales difíciles, también estaba luchando por construir una vida estable para mis hijos y para mí.
Sin embargo, nuestra relación comenzó a mostrar otra realidad. Era un hombre con una vida pública y social muy activa, y comenzaron a aparecer otras mujeres. Hasta que ocurrió algo que cambió completamente nuestra historia: me enteré de que mantenía una relación con otra persona, y que estaba embarazada. Lo confronté. Él lo negó, una y otra vez. Pero finalmente descubrí que el hijo había nacido.
Aquello fue una traición que me rompió profundamente. No solamente por la existencia de otra mujer, sino porque yo había confiado en él y, frente a la verdad, había elegido negármela. Entonces tomé una decisión: lo dejé.
El dolor de soltar
No fue fácil. Caí en una depresión muy fuerte. Había perdido mucho más que una relación: sentía que había perdido al hombre que me había hecho sentir protegida como nunca antes.
Seguí adelante con mi vida y tuve otra relación, pero en el fondo nunca lo había dejado completamente. Pasaron los años. Él volvió a buscarme y, en algún momento, volvimos a acercarnos. Pero yo ya no era la misma. Comencé a observarme. Y entonces apareció una pregunta que cambiaría mi vida:
¿Por qué estoy repitiendo este tipo de historia?
Fue entonces cuando empezó mi verdadero camino de crecimiento personal.
El patrón que tardé años en descubrir
Descubrí algo que durante muchos años no había podido ver. Aquel hombre se parecía muchísimo a mi papá: también con poder, con una posición importante, económicamente solvente y, al mismo tiempo, mujeriego. Pero había algo todavía más profundo — mi papá se había divorciado de mi mamá y nos había abandonado cuando yo era niña.
Entonces comprendí algo que transformó completamente mi manera de ver mi historia: yo no solamente estaba buscando una pareja. Estaba buscando, sin darme cuenta, la protección, la seguridad y el reconocimiento que alguna vez había necesitado de mi padre.
Porque comprendí que mientras yo buscara afuera lo que necesitaba sanar dentro de mí, podía seguir repitiendo la misma historia con diferentes personas.
Mi verdadero despertar
Hace aproximadamente ocho años comenzó para mí una etapa mucho más profunda de crecimiento personal. Empecé a trabajar en mí. A conocer mis heridas. A reconocer mis patrones. A trabajar en mi autoestima. A comprender la codependencia. A aprender sobre el desapego. A establecer límites. Y, sobre todo, a entender que sanar no significa borrar el pasado.
Sanar significa poder mirar el pasado sin permitir que siga gobernando nuestro presente.
Hoy puedo recordar aquella relación con cariño y reconocer que fue uno de los amores más importantes de mi vida. Pero también puedo reconocer que un gran amor no necesariamente significa que sea un amor saludable para permanecer en él. Y esa diferencia cambió mi manera de entender el amor.
Mi filosofía de vida
Hoy sé que no necesito que un hombre me dé valor para sentirme valiosa. No necesito que alguien me elija para saber que soy digna de amor. No necesito que alguien me proteja para sentirme segura. Y no necesito repetir una historia para demostrar que puedo ser amada — porque aprendí a comenzar a darme a mí misma aquello que durante tantos años busqué afuera.
Durante muchos años busqué protección en los demás. Hoy estoy aprendiendo a convertirme yo misma en mi propia protección. Busqué que alguien me eligiera. Hoy me elijo yo. Busqué que alguien reconociera mi valor. Hoy reconozco mi propio valor.
No todo lo que perdemos es una pérdida.
Algunas pérdidas son el comienzo de nuestro encuentro con nosotras mismas.
Mi historia no terminó cuando terminó aquella relación. En realidad, ahí comenzó una de las etapas más importantes de mi vida: el regreso a mí. Y hoy quiero compartir ese camino con otras mujeres — no desde el lugar de una mujer que tiene todas las respuestas, sino desde el lugar de una mujer que también estuvo rota, que también buscó amor, que también se equivocó, que también repitió patrones, y que un día decidió comenzar a sanar.
Porque si yo pude comenzar a transformar mi historia, tú también puedes comenzar a transformar la tuya.
Este es mi camino. Ahora te toca construir el tuyo.
Con el método MRP — Mujer Retoma tu Poder — te acompaño a hacer el mismo trabajo que a mí me devolvió a mí misma.
